C.D.K. – El niño de la capucha roja

Icemberg era uno de los territorios más grandes del continente, la Invasión casi no comprometió sus recursos, siempre fueron conocidos por dos cosas, su autosuficiencia y la frialdad de su gente, cuando lo que quedó de Kamino llamó a sus aliados para ayudar a su reconstrucción Icemberg concluyó todo contrato con ellos y cerró sus fronteras por dos años en un intento de evitar infiltradas como había sucedido con ellos. La ciudad estaba dividida por una muralla que se encarga de separar perfectamente a sus dos clases sociales, además era vigilada día y noche, durante los 2 años de su cierre solo se tiene registro de 1 persona llegó al otro lado con vida, su nombre era Zerch.

Por problemas con su padre, Atreyus, Zerch ya no tenía un techo donde dormir, se negaba a aceptar cualquier cosa que viese de él, lo culpaba por la partida de su madre, motivos no le faltaban, las discusiones se hacían más frecuentes y él cada vez más distante, debía dirigir la ciudad que se volvió casi tan fría como su corazón, se rodeó de personas cuya reputación era oscura como las alas de un cuervo. La gente comenzaba a desaparecer, ancianos, mujeres e incluso niños, Atreyus lo sabía, pero debía permitirlo. Cuando su madre intentó llevarse a Zerch su padre no movió un dedo para impedírselo, pero la frialdad y crueldad en sus palabras la hicieron retroceder por su propio pie, como si hubiesen lanzado una maldición, caminó sola hacia la muralla con la mirada ausente e ignorando toda advertencia de los guardias, caminó y caminó hacia la libertad, los guardias sabían de quién se trataba. Atreyus había dado explicitas instrucciones de que nadie, ni siquiera él, debía salir de la ciudad y a ellos solo les quedó acatar sus órdenes.

Desde la desaparición de su madre, nació el odio del niño hacía Atreyus, el padre ya no tenía con quien discutir, nadie metía las narices en sus negocios pero el ambiente de la casa se volvió muy cargado, había una paz casi aterradora que recorría todos los rincones de la casa, un frío que recorría los cuartos sin explicación, cortinas que se movían, ventanas que se congelaban en pleno día, velas que no lograban encenderse. Aunque el niño se mostraba dolido por la pérdida de su madre, Atreyus le consideró débil y no tenía reparo en recordárselo, consideraba que ya había pasado el tiempo suficiente de duelo y que debía retomar sus lecciones, apenas podía leer correctamente, su escritura era desastrosa y su conocimiento de historia era tan escaso como las flores en aquel paraje helado. Cansado de las presiones de su padre decidió dejar todo atrás y, como seguramente su madre había hecho en su momento, marchó hacia la muralla.

Para su fortuna quien estaba de guardia era Josue, un antiguo mozo de cuadra que había servido a su familia desde que tenía memoria. Atreyus lo había enviado a servir a la guardia de la ciudad como castigo por robar comida de la alacena para sus hermanas. Estaba mucho más delgado y pálido que cuando servía en su casa, pese a ello ambos se reconocieron, pero el niño no detuvo su paso, Josue, sabiendo lo que le habían hecho a la madre de aquel niño solo atinó a quitarse su capa, ponerla sobre los hombros y lo dejó ir. Al día siguiente Josue fue crucificado, pero fue el frío lo que acabó con él, mostraron su cuerpo desnudo al otro lado del muro donde el niño se encontraba ahora, era un mensaje para él y todo el que le ayudase. Cuando el niño cruzó la muralla y cambió su nombre a Zerch, era un paradigma el hecho de que había poder en los nombres y al rechazar aquel que le fue impuesto por su padre, lo rechazaba a él también.

Comenzó a hacer trabajos para ganar algo de comer, ocasionalmente un pan acompañado con una sopa de huesos (con algunos trozos de carne en un buen día) y verduras que sobraban de otras comidas, nada comparado a lo que comía su padre en casa, pero al sentir que no le debía nada se sintió tan libre y por un tiempo fue suficiente. Fue así que un día se propuso que dejaría Icemberg y buscaría una ciudad mejor donde la gente como él tuviera más oportunidades, debía ir a Capital pero incluso para él era un sueño muy lejano.

Fue entonces, ese mismo día, que él llegó a su vida. Era un niño de su misma edad, su cabello era marrón pero sus ojos tenían un extraño acabado entre dorado y cobrizo, vestía ropas viejas que no eran de su talla y entorpecían algunos de sus movimientos, las mangas ocultaban sus manos y tenía que recogerlas para poder usarlas. Tenía una capucha de color rojo que casi hacía que se viera rudo de no ser porque a menudo se caía sobre su rostro y no le dejaba ver, y por el contrario hacían que se viera más infantil, pero cuando vio como usaba el arco no pudo evitar la risa que delató su posición, había intentado darle a algunas aves en un árbol pero sus disparos algunas veces ni se acercaban a las ramas, ciertamente era un árbol muy alto y él demasiado débil, no puedo evitar pensar que le habría robado el arco a alguien más y no sabía ahora que hacer con él.

-Salga de ahí- ordenó el niño aunque armado de valor era evidente que tenía miedo por el temblor en su voz.

-¿Estás seguro? – dijo cambiando el tono de la suya para sonar mayor- Soy un hombre alto, de 2 metros que podría aplastar tu cráneo como si fuera un cascaron- bromeó Zerch oculto tras un tronco aguantando la risa, hacía tiempo que no jugaba con otros niños, los demás con los que convivía eran demasiado listos para caer en esas bromas.

-Quédate dónde estás- cambió la orden rápido, prefería no verlo o que no lo vieran.

-¡Creías!- bromeó el Zerch brincando sobre el tronco con las manos arriba como si fuese el ataque de un uso y se llevó el susto de su vida cuando una flecha pasó justo por encima de su cabeza.

-De medir 2 metros, ahí estaría el corazón- dijo el otro niño aunque sonaba algo asustado por lo que acababa de hacer.

-Hace 5 segundos hubiera jurado que ese arco no era tuyo- dijo Zerch estupefacto.

-He tenido un mal día, además…-no terminó la frase pero cuando Zerch miró las manos de pequeño arquero, rojas y maltratadas por el frío, comprendió que no estaba fallando por puntería, simplemente ya no podía más y que la adrenalina y el peligro le permitieron reaccionar. Al verlo de cerca comprendió que tal vez no había comido en hace algunos días, posiblemente el frío le estaba ganando la batalla, sobrevivía, pero no por mucho.

-Eres realmente bueno ¿Cuál es tu nombre?

-No debería hablar con extraños- sonaba tímido para ser el niño que estuvo a unos pelos de matarlo.

-Soy Zerch, conozco a todos los de esta ciudad, es más ¡yo sé quiénes son o no extraños!

-¿En serio?- dijo el pequeño asombrado.

-¡Creías!- bromeó él, el niño hizo un esfuerzo por reir e intentó presentarse.

-Yo soy…- pero cuando estuvo por decir su nombre el viento comenzó a soplar con fuerza, como si algo le advirtiera- debería irme- el pequeño se dio vuelta, pero Zerch no iba a dejarle ir tan fácil.

-Espera. Se pone muy frío cuando anochece, si no tienes donde quedarte hay una anciana muy dulce que cuida de mí y otros niños, estoy seguro que te dejaría quedarte esta noche- el niño se detuvo- tenemos algo de ropa que podrías usar, solo hay caldo de huesos con algunas verduras, pero se sirve caliente y hay una chimenea que está encendida toda la noche, si me ayudas a llevar algo de leña podrás quedarte hoy con nosotros.

Fue una oferta muy tentadora y el pequeño arquero no iba a dejarla pasar, no dijo más pero asintió con la cabeza y ayudó a Zerch a recoger leña, en silencio, no hubo otra palabra hasta que llegaron a casa con la anciana. Zerch llevó a Siro a una pequeña casa cerca de la plaza, casi no había gente en los exteriores y los pocos que estaban ahí evitaban cruzar miradas con ellos. Cuando llegaron a la casa la cena estaba lista y el pequeño arquero sintió verdadero calor por primera vez en un largo tiempo. La casa estaba algo dañada, pero de material resistente, había cubierto algunos vidrios rotos con maderos, todos comían y dormían en un mismo cuarto en los días más frío para compartir calor, cuando no, había otras habitaciones, aunque una de ellas estaba siempre cerrada desde que se cayó el techo. Cuando cocinaban toda la casa se llenaba del aroma de la sopa, prácticamente el único plato en su dieta la mayoría del año, pero extrañamente todos eran felices. Zerch le pidió que deje sus armas pero el pequeño se negó, era muy desconfiado pero al final accedió, lo extraño era que se había quedado sin flecha y aún así no quería dejar su arco. Cuando llegó el momento de servir la comida esperó a que todos la prueben primero como si fueran a envenenarlo, era raro, pero para él era aún más raro que todos lo mirasen con tanta curiosidad. Habían más niños en la mesa, muchos de ellos morirían por hambre o por frío con el pasar de los años.

-Entonces pequeño ¿nos dirás por fin tu nombre?- preguntó la anciana cuando por fin comenzó a tomar la sopa y fue como todos los demás niños en la mesa estuviesen esperando a que la mujer le dirigiese la palabra para empezar a hablar con él, era una pregunta tras otro y eran tantos que el pequeño solo prestó atención realmente a la primera pero aún no quería responder, el hambre podía más. El niño tenía pinta de no haber probado una sopa en un largo tiempo, hacía mucho que Zerch no veía a alguien comer con tanto gusto que le dio la mitad de su ración, al tiempo que una niña de cabellos blancos hacía lo mismo y otros le daba otro poco de pan.

La anciana se llamaba Elena, anteriormente había sido una poderosa elemental de aire, pero su belleza, poder, juventud y mente se desvanecieron casi al mismo tiempo, lo poco que había sobrevivido de su persona era su corazón, pero nadie que le reconociese. Estaba un poco subida de peso, pese a ello tenía mucha energía cuando se movía por la casa y nunca tenía miedo de defender a alguno de sus pequeños, fuese con escoba o con alguna daga, aunque era lo bastante hábil para que alguno de ellos notase el arma. Sus ojos eran violetas, en su juventud debía ser el centro de las miradas, una doncella o la dama de algún palacio. Los niños siempre se preguntaban cómo alguien con un corazón tan cálido podía vivir en un lugar como ese y ellas les decía que era el único modo de sobrevivir a un lugar así, y todos en el pueblo le decía Mamá. Los recursos de la ciudad eran escasos pero nunca faltaba alguien que donase algo de comida para la anciana y su grupo de niños, pues aquellos que vivían fuera de los muros no eran tan despiadados como los que se escondían tras ellos.

En aquella casa junto con Zerch y la anciana vivían otros 7 niños, ahora que eran pequeños serían fáciles de alimentar, pero no todos sobrevivirían al invierno, sí, la temperatura podía bajar aun más, habían perdido a 3 en los últimos 2 inviernos, su salud era frágil y pese a sus esfuerzos por alimentarlos cada vez les era más complicado trabajar en esas condiciones.

-Caron- dijo el pequeño, Zerch recordaba ese nombre de algún otro lado cuando tenía otra vida.

-¿Qué te trajo a Icemberg? ¿Dónde están tus padres?- preguntó la anciana con dulzura.

-Yo… escapé de casa y a mis padres… no los conocí, vivía con mi maestro- la mezcla de timidez y tono cortante del niño parecían agradarle a la anciana.

-¿Viajas mucho entonces? ¿Has ido a otras ciudades?- preguntó Zerch emocionado e inoportuno como siempre pero pese a eso había algo de él que a Caron le agradaba.

-Nunca me quedo mucho tiempo en un lugar- dijo el niño sin mucha fuerza, no sonaba muy orgulloso.

-¿Has ido a Capital? ¿Es como dicen?- preguntó una niña, Lily, que también los acompañaba a la mesa. No tenía más que 7 años, perdió a sus padres a los 5 y extrañamente no tenía recuerdo alguno de ellos. Tenía el cabello cobrizo y la cara llena de pecas, sus ojos eran verdes, parecía ser algo baja para su edad, llegaba a la altura del codo de Zerch y Caron. Sus ropas eran de niño e incluso llevaba una gorra con la que ocultaba a veces su cabello, se hacía pasar por niño para jugar con los demás pequeños del pueblo, los juegos de niña no eran lo suyo, ella prefería jugar en el lodo, canicas, espadas de maderas y esas cosas, lo gracioso es que hacía todo eso mejor que Zerch y los demás niños en la casa.

-Claro que no, es una ciudad de ricos- dijo otro niño, Zerch le golpeó con el codo y le dedicó una mirada que le hizo decir- Lo siento- Su nombre era Wesley, tenía el cabello rubio oscuro y los ojos marrones, a él no le gustaba tanto salir a jugar con los demás niños prefería dedicarse a leer y a veces lo volvía un sabelotodo, pero el resto del tiempo era agradable. Además, era de los pocos en casa que sabía leer y lo hacía mejor que Zerch, por desgracia su único material de lectura eran dos libros de historia tan antiguos como la ciudad misma y un diario del anterior propietario de la casa. Su padre falleció cuando él tenía 6 años, la casa era todo lo que la dejó y es donde la abuela y los otros viven actualmente, desde entonces sufrió muchas “remodelaciones”, fue necesario vender varios muebles y comprar otros, reforzar la chimenea y algunos techos, uno se había derrumbado hacía poco y ninguno tenía fuerza suficiente para restaurarlo por lo que se limitaron a cerrar bien la puerta.

-¿Ese arco es de verdad?- preguntó Lily

-Claro que es de verdad ¿Quién te enseño a usarlo?- preguntó Zerch. El entretenimiento dentro de la casa muchas veces se limitaba a alguna historia inventada de la anciana y juegos de niños pero un recién llegado era toda una novedad, y aunque muchos solo querían llenarlo de preguntas hubo alguien que se dedicó a verlo.

-Gracias por la sopa ¿puedo retirarme?- dijo apenas habías terminado de comer.

-Desde luego- dijo la anciana- Lily, ayúdame a recoger la mesa por favor.

-Pero, Mamá- objetó la pequeña quien quería conocer más acerca del recién llegado.

-Sin peros- incluso firme aquella mujer conservaba su dulzura, era difícil decirle que no, pero Lily nunca dejaba de intentarlo- y pon a calentar algo de agua para nuestro invitado, seguro quiere darse un baño antes de dormir. Erick, búscale algo de ropa ¿quieres? Seguro tenemos algo de su talla por aquí.

-Sí, Mamá- Erick era el más obediente y leal de sus niños, fue el primero al que acogió y el mayor de todos, aunque solo por un año pero el hecho de ser más alto le hacía parecer que era 2 años mayor, cuando Mamá no estaba en casa, él daba las ordenes y casi siempre le traía problemas con Zerch. También tenía el cabello rubio, sus ojos eran azules y piel pálida, un rasgo muy común que Caron no tardó en notar desde su llegada a la ciudad. Siempre usaba un saco color café, una bufanda verde y un sombrero de copa, donde a menudo escondía cosas, algunas veces comida para él y sus hermanos. Al igual que Mamá, Erick también era un elemental de aire y al vivir toda su vida en un lugar tan frío había desarrollado un don de la ventisca, sumamente extraño, incluso entre su gente. Él perdió a sus padres el día de la invasión a Kamino quienes se encontraban en la capital del reino, lo dejaron al cuidado de su abuelo que falleció poco después sin superar la pérdida de su hija. Para ganarse la vida hacía figuras de papel, a menudo aves a las que hacía volar utilizando su poder, y aunque su acto inició con un ganso, hoy en día lograba manipular toda una parvada.

Los elementales eran seres de cuidado, sobre todo aquellos que despertaban su habilitad a una edad tan temprana, los guardias tenían órdenes de llevarse a todos los que despertasen su poder. En todo este tiempo habían intentado llevarse a Erick unas tres veces, pese a que él siempre lograba escaparse un día no tuvo tanta suerte, habían logrado noquearlo y llevando en hombros al otro lado de la muralla, Lily fue quien le contó a Mamá lo acontecido, todos los esperaban en casa con un nudo en la garganta, no sabían ella volvería, acababan de perder a otro de los suyos unos meses atrás y Erick era quien cuidaba de todos ¿Quién cuidaría de él? Los niños obtuvieron su respuesta al ver cruzar por la puerta a la anciana junto al pequeño Erick, él estuvo inconsciente la mayor parte del tiempo y al despertar los guardias se habían ido, nadie saber cómo logró hacer que lo liberen, pero desde ese día los niños de Mamá eran intocables para la guardia.

Cuando Caron se retiró de la habitación los demás niños no tardaron en susurrar con respecto al nuevo “Creo que es extraño” “Yo creo que es un mentiroso” “¿Cómo siendo tan pobre pudo viajar tanto como dice?” “Creo que es tierno” los otros niños se quedaron comentando un poco más sobre aquel pequeño. Por su parte Zerch fue a buscarlo a la otra habitación, no eran tan grande como esperaba, lo bastante cómodo para 3 dormir niños o la anciana.

-Creo que le gustas a Kara- bromeó Zerch.

-No sé quien es Kara- dijo el niño sonando casi triste.

-Mejor, porque ella me gusta a mí- Caron no dijo nada, su tristeza se debía a otro motivo- ¿Qué te ocurre, socio? – pero el niño no decía nada- No tienes que irte mañana, si hablamos con Mamá

-No es eso…- Caron se percató de la palabra que había usado “socio” no era muy común entre los chicos de su edad y menos de ese estatus.

-¿Entonces qué? ¿Qué estás haciendo en Icemberg?- preguntó Zerch con más intriga que amabilidad.

El niño no dijo nada, no había sido del todo honesto con Zerch, él y su familia habían sido tan amables, o al menos la mayoría, debía contarle lo que él era, juntó ambas palmas y apretó ligeramente sus dedos, un tenue brillo emergía se asomó entre sus dedos y cuando separó sus palmas había una pequeña flama dentro, se veía muy inestable y las manos de Caron temblaban.

-De todos los elementos ¿Por qué el fuego? – dijo llorando en silencio y las flamas eran cada vez más inestables, Zerch se apresuró en volver a juntar las palmas de su nuevo amigo y la flama se desvaneció. Zerch comprendió que el daño en vio en sus manos cuando se conocieron no lo había ocasionado el frío -Entreno para controlar el fuego en el lugar donde haría el menor daño posible, soy un elemental.

Comparte esta historia en tus redes sociales
Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter
Share on Whatsapp
Whatsapp
Buffer this page
Buffer

1 comentario de “C.D.K. – El niño de la capucha roja”

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *