C.D.K. – La Hermandad

La Familia Real había pasado por algunas otras ciudades de camino a Icemberg, lo cual había retrasado su llegada, estarían a tiempo para el carnaval. Atreyus envió a dos de sus mejores espías a investigar sobre estas visitas, los informes no tardaron en llegar. El rey viajaba junto a sus dos hijos mientras que la reina quedó a carga de Capital. Bajo eso, era poco probable que sus intenciones fuesen hostiles. Sin embargo, el ejercito de 100 espadas reales, entre ellos elementales, marchando a su puerta era inquietante. Las cosas empeoraron cuando los reportes de sus espías dejaron de llegar se vio forzado a usa un hechizo de sangre para determinar su paradero. Lo que normalmente sucedía al dejar caer la sangre sobre el mapa era que las gotas se movían a su ubicación real, gracias a ello siempre sabía donde estaba Zerch, o más bien Sergio; sin embargo, cuando las gotas se aproximaron a su último paradero se prendieron como aceite y quemaron todo el mapa. Confiaba en que cualquiera de ellos moriría antes de hablar, y al ver las llamas en el mapa lo comprobó. Decidió no enviar más espías, si las cosas se salían de control necesitaría a todas las espadas posibles de su lado.

Había un motivo por el cual nunca atacó a los símbolos de la fe de la ciudad, las Catedrales, y es porque ambas servían como refugios para los menos afortunados, desde la invasión los elementales habían comenzado a desaparecer, algunos perdían sus poderes y otros nunca los despertaban, el vínculo entre humanos y dioses se estaba debilitando, por tanto, todo humano tarde o temprano podía pasarse a su bando. Los que no, podían hacer compañía a sus héroes en las celdas rojas, a ver si lograban resistirlas. El único secreto más grande que su ubicación era su existencia, solo 3 personas en la ciudad la conocían, él era uno de ellos, estuvo a cargo del proyecto y creación, quienes trabajaron en él fueron cuidadosamente seleccionados y asesinados tras cumplir su labor. Moon era otra de las que conocían su existencia, mas no su ubicación. Al tercero era Isack, el brazo derecho de Atreyus, él solo se hacía cargo de los prisioneros, que cada año eran menos, su alimentación y cremación de sus cuerpos. La cárcel comenzó con 100 prisioneros de guerra, todos elementales, los más fuertes que la ciudad podía ofrecer, jamás les faltó comida o agua, pero las celdas envenenaron lentamente sus espíritus, hubo quienes renunciaron a su vida antes del primer año y ahora solo quedaban 20 de los originales, el resto eran elementales que habían permanecido ocultos por temor a la guerra o algunos que acababan de descubrir su poder y eligieron el bando incorrecto, negándose a creer que Kamino había caído, creyendo que su gente podía volver a levantarse. Las Celdas Rojas demostraban el poder de Stardust y sus Arenas de sangre en toda su gloria, era un punto ciego para los dioses, ningún prisionero, una vez dentro, fue capaz de usar sus poderes.

Tenía al menos 40 rehenes en las Celdas Rojas muchos de ellos aún demasiado peligrosos para ser liberados y entre todos uno de ellos que valía por cien de los suyos, llevaba años en aislamiento solitario, le pasaban comida por una pequeña rendija en su puerta. Su celda no debía medir más de un metro y medio de ancho por 3 de largo, solo recibía una comida al día pero siempre a distintas horas, no querían que tuviese noción del tiempo, esperaban que se diese por vencido luego de un año o dos, pero al abrir la rendija siempre deslizaba su plato de madera por más comida, matarlo lo haría un mártir, debían hacer que se rinda.

Ya había pasado suficiente tiempo con informes de la ciudad, quiso hacer una pausa y, sin motivo aparente, fue a la habitación de Sergio y tras verla vacía pensó “hijo estúpido”. Era débil, perezoso y, gracias a su madre, consentido. Fue un error haberlo rodeado de lujos, nunca pudo dedicarle suficiente tiempo y pese a las instrucciones que daba a sus tutores, Claudia casi siempre le ayudaba a evadirlas “es solo un niño” solía decir, pero no por siempre. Solo una cosa le impidió traerlo de vuelta, la vida del otro lado debía endurecer su corazón, aunque según los reportes su progreso era lento. Comenzó a ver entre sus cosas, había dejado atrás todos sus juguetes, había algunos dibujos que más de una vez intentó entregarle, pero siempre estaba demasiado ocupado. Al lado de su cama había un retrato de Claudia y algo muy cercano a una sonrisa estuvo a punto de dibujarse en su rostro, así que se dio vuelta y salió de ahí, él ya había elegido un bando y no daría marcha atrás, jamás.

A la salida de la habitación Atreyus fue interceptado por una joven con atuendo de doméstica, su nombre era Grace, la ama de llaves. Usaba gafas de medialuna, su piel era blanca y cabellos castaño claro, pero no lograba el tono rubio de los nativos de Icemberg, algunas de sus facciones eran similares a las de Claudia, podría hacerse pasar como su hija. Su similitud con Claudia fue otro de los motivos por los que fue seleccionadas, al haber conocido a su esposa en su juventud llegó a pensar que podrían ser parientes lejanos. Su familia no era oriunda de Icemberg y ese fue el mejor empleo que pudo conseguir. Había comenzado a trabajar ahí desde que Sergio se fue de casa, así que nunca pudo conocerlo, salvo por los retratos y solía quedárseles viendo con frecuencia. Grace es lo bastante lista para saber que a Atreyus no le gustaba hablar de su hijo o de nada en particular, así que nunca le dirigía la palabra salvo él lo hiciese primero, de ese mocho siempre había mucho silencio en la mansión, los retratos le hacían compañía y solía imaginar como serían las cosas si aún viviera con ellos, después de todo debían tener casi la misma edad, seguro habrían sido buenos amigos. Grace pasó su último invierno en la Catedral Mayor antes de empezar a trabajar en la mansión de Atreyus, la eligió entre todas al ser la mejor de su clase, el resto volvió a la Catedral al año siguiente, y con ello hizo que se sintiese en eterna deuda. Ella era todo lo que Sergio no, respetuosa, aplicada, perseverante y sobre todo obediente. No tenía que tomarse la molestia de ser amable con ella, ambos lo entendían bien, bastaba con ser cortes y ella respondía del mismo modo. Atreyus disfrutaba tener una voz que no fuesen la de los cuervos que llamaba socios, cuando no tenía apetito para comer le cedía el plato a Grace, de otro modo jamás podría degustar algo similar. Los padres de Grace estaban felices de que pudiese laborar en un lugar así, pese a su corta edad, el dinero que ganaba era más que suficiente para vivir incluso enviándoles la mitad. A pesar de ser una estudiante destacada, la educación de la Hermandad era poco más que suficiente para el puesto que tenía, sumar, multiplicar, leer, escribir solo eran lo mínimo indispensable, para Atreyus era lamentable que su hijo aún no tuviese claro esos conceptos y empezó a cuestionarse si algún día los tendría. La joven adoraba leer, así que cuando su día terminaba tenía permiso de leer cualquier material de la biblioteca familiar, Sergio jamás había puesto la mano en uno de esos libros y Grace desde su llegaba había leído al menos 20, su sueño era ser maestra y tener su propia escuela, algo que compartió con Atreyus en una ocasión, sintiéndose ingenua al terminar la frase ante alguien como él, dueño de la ciudad, aunque no hizo ningún comentario al respecto ¿a qué más podía aspirar alguien como ella?

-Tiene una visita- dijo ella.

-¿De quien se trata?- dijo con sequedad. No estaba asustada, incluso parecía disimular estar a gusto con la misma, así que concluyó que no se trataba de Isack, alguien con quien trataba de guardar distancias por puro instinto, le resultaba aterrador.

-Es la Madre Superiora- se explicó ella, se había entretenido unos minutos platicando con ella, esperaba que su jefe no lo note.

-Llévala a mi despacho, la recibiré allá- dijo él.

Atreyus llevaba un tiempo esperando a la Madre Superiora de la Catedral Mayor, pese a la enemistad o fricción que hubo entre hechiceros y elementales, ambos eran mortales y la Catedral cuidaba de todos por igual, decena de vidas se salvaban porque ellos les dieron comida y refugio durante el invierno. En cierta forma los aliados de Atreyus se sentían en deuda, lo cual no le permitía tomar acciones contra ellos, era mejor buscar el bien común así que durante días mando llamar a esa mujer, pero al parecer se consideraba una persona tan ocupada como él, en su último intento envió a Grace. Al llegar al despacho primero le dio tiempo de guardar bajo llave algunos reportes de la ciudad y otros asuntos incomprensibles para mentes mediocres. Al poco tiempo alguien llamó a la puerta, Grace conocía muy bien los protocolos de la casa, jamás entrar sin anunciarse era el primero.

-Adelante- dijo él. Grace abrió la puerta y una anciana con gafas de medialuna, un ojo color café y otro ciego, entró al despacho. Vestía el atuendo típico de la Hermandad, una túnica blanca con una cruz roja que iba desde el cuello hasta sus pies. En su iniciación, las hermanas tiñen la cruz de su primer hábito con su propia sangre, posteriormente utilizan prendas con esos colores y un pequeño crucifijo de cristal lleno con unas gotas de su sangre. Llevaba un manto que cubría sus cabellos, lo que la diferenciaba como superior era una corona de hierro con forma de espinas color carmesí. A Atreyus le parecía que usar la sangre por algo simbólico era un desperdicio de la misma, sobre todo por las propiedades que ésta tenía en las manos adecuadas, las suyas, por ejemplo.

-Madre superiora- saludó el hombre cortésmente extendiendo su mano, ella simplemente inclinó la cabeza respondiendo el saludo.

-Mi Señor, mis votos me prohíben tocar a un hombre, salvo sea estrictamente necesario, alguien de su alta investidura de seguro entenderá- en realidad él lo sabía, solo quería poner a prueba si realmente eran tan quisquillosas en los detalles como todo el mundo decía.

-Sí- dijo él con disconformidad, no era la mejor forma de iniciar las negociaciones, pero creyó que ella debía ser más tratable que la gente que frecuentaba

-Veo que Grace se encuentra bien- dijo con alivio. “Bien” era una forma de decirlo, no conocía algo mejor, aunque tampoco es que lo hubiese para gente como ella, no en Icemberg. Aunque Atreyus tenía otros planes y solo él los conocía, incluso quienes le servían solo tenían un pequeño papel que formaba parte de algo más grande. Por eso nunca nadie lo veía venir, era él quien lo orquestaba todo y solo él sabía si las cosas marchaban según lo planeado, al resto solo le quedaba confiar.

-Se preguntará porque la llamar- dijo Atreyus sin prestar mucha atención al comentario sobre Grace-Mis fuentes revelan que la Familia Real está en camino y llegarán aquí la próxima semana- dijo mientras se ponía de pie y miraba por la ventana, quiso darle privacidad a la mujer para sorprenderse. Omitió ciertos detalles, como las cien espadas y jinetes que iban con ellos, insuficientes para tomar una ciudad, pero sí para sitiarla. Algunos de ellos eran elementales y ese no era el mayor de sus problemas, Sergio estaba del lado equivocado, debía buscar la forma de hacerlo volver y pronto o intentarían usarlo en su contra.

-Tengo pleno conocimiento de ello desde hace un año- y ahora él era quien necesitaba privacidad para ocultar su fastidio ¿un año? Debía ser una mentira, por desgracia, sabía muy bien que mujeres como ella nunca mentían.

– ¿Y puedo preguntar, Hermana, como fue que una noticia de tal magnitud llegó a usted con tanta antelación? – dijo mirando a la anciana a los ojos, pero no logró intimidarla, además, era perturbador el que ella solo tuviese uno, aunque el ojo ciego parecía era de lo más inquietante, al morir buscaría el modo de examinar su cuerpo.

-Los dioses no nos han olvidado – Atreyus contuvo lo que debía ser una risa ante mentiras tan mediocres. Luego se encargaría de interrogar a algunos de sus antiguos sirvientes, hasta encontrar al que hubiese abierto la boca- ni siquiera a usted, jovencito – añadió ella en una mezcla extraña de compasión amenazante. Si pretendía hacerle creer que tarde o temprano pagaría por lo que había hecho solo estaba perdiendo su tiempo, tenía planeado vivir para siempre.

-Su fe en esos… seres, es admirable hermana. Por mi parte, he cuestionado muchas veces su existencia, es decir, los hechiceros hemos desarrollado poder por nuestros propios medios ¿Qué tal si fue lo mismo con los elementales? Y al no comprender de donde provenían, crearon a estos “dioses” como usted les llama.

-El creer o no en algo, no hace que deje de existir- tal vez podía matarla y tratar con la siguiente al mando, fue lo que pensó Atreyus, pero con la Familia Real tan cerca era mejor llegar a una tregua- Creo que no me trajo aquí para discutir mi fe ¿me equivoco? – al menos era inteligente.

-Es correcto – buscó unos documentos dentro sus cajones, al encontrar el que quiso añadió  su firma en ese mismo momento – He decidido que volveré a abrir las puertas de la ciudad durante el invierno, la Catedral Mayor puede volver a recibir refugiados de hoy en adelante- eso si fue una sorpresa para la anciana, pero no estaba segura de poder confiar en su palabra.

-Asumo que lo hará oficial- manifestó con cierta duda.

-El decreto ya fue emitido el día de hoy- dijo extendiendo la hoja que acababa de firmar- en cuanto tenga su firma, será oficial- añadió el hombre con frialdad.

-Desde luego, habrá un precio- dijo sin siquiera leer el documento.

-Supone bien- él le explicó sus condiciones y finalizó diciendo – sin preguntas- a la anciana le pareció más que razonable y tras leer la hoja al menos 5 veces, no encontró nada turbio así que accedió a su petición – Ahora, hablemos de la otra Catedral- pero no tardó en ser interrumpido, la anciana sabía hacia donde llevaría esa conversación.

-Temo que sus recursos han sido muy limitados desde que se cerraron las puertas. La Hermandad ha perdido a muchos de sus miembros ahí afuera, dentro de poco no habrá quien la dirija.

-Tanto el edificio como sus alrededores son propiedad de la Hermandad, siendo usted la máxima autoridad de la misma en esta ciudad ¿vendría a ser la propietaria? – dijo Atreyus sin dar mucha importancia al deceso de fanáticos religiosos. Le interesaba saber del destino de aquel viejo edificio, en sus planes estaba la construcción de una segunda muralla y, como su historia había demostrado, siempre era necesario un refugio entre los muros para los menos afortunados. En esos se habían convertido casi todos los lugares de oración tras la Invasión, refugios, tal vez por eso el poder de sus dioses mermaba cada año, claro, si realmente existían.

-Nadie en la Hermandad posee lo que usted llama “propiedades”. Nuestros votos lo prohíben – nunca prestó mucha atención a las costumbres arcaicas de la Hermandad, sobre todo porque a sus ojos solo era cuestión de tiempo para su extinción- Lo que desea es saber que será de ese edificio una vez hayan perecido sus últimos fieles ¿no es verdad? – Atreyus solo bajó la cabeza – Temo no poder revelar los planes de la Hermandad.

Sus funciones iban más allá de atender a los más necesitados, eran guardianes de los tesoros del mundo antiguo, restos de guerras pasadas, objetos ancestrales y malditos, pero la anciana no esperaba que alguien con una mente tan cerrada como Atreyus lo comprendiese. La protección de los tesoros malditos era un secreto a voces del que Atreyus se burlaba, él sí sabía cómo guardar uno. Se decía que los tesoros que custodiaban contenían un poder de doblegar hasta un dios, por ello su custodio le fue confiada a sus fieles más devotos: La Hermandad.

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En la historia de Kairon, solo hubo un hechicero que logró controlar uno de los tesoros, el mismo que ocasionó la caída de Kamino, el hombre que comandó la invasión, conquista y aniquilación de los elementales: Gallen, semidios y heredero del rayo. Como sucesor original al trono, Gallen tuvo acceso a todos de los secretos de Kairon, entre ellos, la ubicación de los tesoros más devastadores y aunque le llevó cerca de 10 años apoderarse del primero, solo hizo falta uno para asegurar la victoria.

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Desde luego, había muchas formas en las que Atreyus podía obtener esa información, o eso creía él, pero debía actuar con calma. La razón por la que Icemberg había permanecido tanto tiempo fuera del radar de los elementales de Kamino, o más bien de Capital, era que se las habían arreglado para convivir con elementales, incluso quienes desaparecían debían tener una coartada perfecta e incuestionable o de preferencia ser huérfanos, había otros que en cambio debían seguir libres, por ahora. Si había elementales ocultos dentro de sus muros era algo que Atreyus prefería ignorar, ese trabajo lo había delegado a alguien menos compasivo como Isack, a veces era mejor mirar hacia otro lado. Cuando los últimos fieles de la Catedral Menor cayeran, buscaría apoderarse de su tesoro maldito, de un modo u otro sería suyo.

-Enviaré a 20 de mis hombres a primera hora para ayudar a su restauración- ese era uno, era más sencillo buscar con su gente en los interiores deteriorados y no sobre ruinas. Ante la expresión de incertidumbre en la mujer, Atreyus añadió – También enviaré provisiones – ya habían perecido suficientes ancianos y niños fuera de los muros en el último invierno, en el peor de los casos, si Mamá no lograba cuidar de Sergio, la Hermandad sí.

– ¿Debo asumir que hay otra petición de por medio?

-Supongo que recuerda a mi hijo- por la expresión de la anciana, era evidente de que sí y sin mucho entusiasmo. Le llevó un tiempo a Atreyus aceptarlo, pero Sergio era demasiado obstinado y orgulloso para volver, al no tener un hogar pasó un tiempo en la Catedral Menor antes de ir con Mamá. Pese a todo, Sergio era su hijo, no lo quería muerto, solo hacerlo fuerte. Nunca dejó de vigilarlo, a través de Moon o terceros.

-Lo cuidaremos- dijo tras un suspiro- si él así lo pide- eso era suficiente.

-Comprendo, en ese caso supongo que hemos terminado.

-Temo que hay algo más- dijo la anciana sacando una bolsa de tela negra que guardaba en su túnica – es un asunto que concierne a ambas partes.

– ¿Y qué es? – preguntó Atreyus sin mucha paciencia.

La anciana abrió la bolsa y en su interior había una mano, tenía las unas largas como garras, pelaje negro, pequeños rastros de sangre ya seca entre los dedos, una parte del hueso podía verse de cuando fue amputada, daba la impresión de haber sido devorada. La carne seguía fresca, debía ser reciente.

-El hombre que la encontró dio explicitas instrucciones que la hiciéramos llegar a usted.

– ¿Quién?

-Trancos- Atreyus conocía a casi todos en la ciudad, sabía de algunos más que otros, ese nombre sí lo recordaba.

– ¿Cuándo fue eso?

-Hace una semana cuando mandó llamarme por primera vez. Él asegura que la criatura amputó su propio brazo para escapar de una trampa para osos, fue así como la encontró. Tuvo problemas para lidiar con ella hasta que acudió a nosotros – al juzgar por la expresión de Atreyus, no daba crédito a la historia hasta que la mujer rozó los dedos con una pluma, al primer contacto la mano se torció intentando desgarrarla, seguía viva.

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