La princesa egoísta

Érase una vez una joven princesa, quien vivía con su noble hermano en un reino donde la danza y los duelos eran considerados artes por igual, el pequeño reino se llamaba Swan, cuyo estandarte era representado por un cisne con un plumas de plata brillante. La princesa era tan hermosa que se decía había sido besada por un ángel. Vivía en un enorme castillo y sus padres se preocupaban tanto por su seguridad que siempre trataron de mantenerla tras los muros pero de alguna forma u otra la pequeña siempre lograba escapar al pueblo y regresaba con bolsas de regalos, canastas de fruta o algunas veces con coronas de flores pues no había nadie en el reino que no la amase, pasaba horas contándole a su hermano lo que había visto en el pueblo, desde el aroma del pan recién horneado hasta su juego de las escondidas para evitar que la Guardia Real la trajese de vuelta. Cuando su hermano tuvo la edad suficiente comenzó a acompañarla en sus expediciones, siempre regresando con espadas y escudos de madera, canicas, pelotas o algún nuevo juguete, su talento en los duelos lo volvió muy popular entre los demás niños, quienes “competían” por la mano de su hermana pero jamás hubo un ganador. Incluso cuando la princesa y su hermano no podían bajar al pueblo los otros niños iban a visitarlos con canciones y bailes, su padre estaba muy orgulloso de ambos, por las personas que eran y por quienes se convertirían.

 

Pero el rey tenía heraldos que lo perseguían, seres desalmados lo extorsionaban con la amenaza de una guerra y cuando llegó el momento de saldar su deuda el rey marchó con su ejército hacia la frontera donde sus heraldos aguardaban.

 

El único cuerpo que regresó a los muros del castillo fue el del rey que se desplomó apenas cruzó la entrada, nadie podía saber si estuvo vivo o no al llegar o si falleció durante el trayecto. Sin un ejército, la Guardia Real no tenía abasto suficiente para mantener la ciudad segura, el castillo cerró sus puertas y poco a poco el reino comenzó a llenarse de bandidos y ladrones de tierras extranjeras.

 

La princesa se apartó del pueblo, dejó de recibir visitas y obsequios, evitaba el contacto con alguien que no fuese su hermano o su madre. Los pretendientes comenzaron a arribar al reino como buitres luego de una batalla, ofreciendo oro y espadas a cambio de la mano de la princesa y desde luego su reino, pero con el tiempo los pretendientes fueron llevando consigo más espadas que dotes como un símbolo de superioridad.  El príncipe se tornó sumamente desconfiado, creyendo que todo aquel que pisaba el castillo iba tras su hermana y la corona, que aunque por derecho era suya, sabía que otros reyes no pensaban así, pronto su preocupación por su hermana se volvió una obsesión por su legado, y el amor por ella pasó a ser resentimiento.

 

Cansada de su exilio autoimpuesto la princesa decidió dejar el palacio una noche y fue a la frontera donde años atrás había combatido su padre, no sabía que esperar cuando llegase allí, simplemente sintió fuertes deseos de ir. Nadie había estado en esa tierra en años, solo quedaban algunos huesos y armaduras oxidadas, no podía evitar preguntarse cuáles de ellos fueron alguna vez sus amigos. Al sentirse completamente sola lloró, como nunca en su vida hasta que sus ojos cedieron y cayó dormida. A la mañana siguiente montó de regreso al reino y decidió pasar a ver la tumba de su padre; sin embargo al llegar ya había alguien junto a esta, en un inició creyó que era su hermano pero a medida que se acercaba pudo ver que la armadura no era de su reino o ninguno que ella conociese, no fue su intención escuchar pero estaba muy cerca y aquel joven no parecía percatarse de su presencia, solo alcanzó a oír “…mi Señor” acto seguido cayó al suelo y la sangre comenzó a esparcirse lentamente, sin saber por qué la princesa lo llevó al palacio para intentar salvar su vida y posteriormente ser interrogado. Ese día fue donde todo comenzó para ellos…

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